Textura violeta

EL HOMBRE SE HACE, NO NACE

Drina Ergueta

¿Y por qué me hacen ahora esto, a mí? Me insultan, me muestran en la televisión para que todos me conozcan como un monstruo. Me juzgan y me dicen que me darán 30 años de prisión sin derecho a indulto y hay quien quiere que me maten, que me cuelguen, que me lapiden, cuando antes toda la gente me quería, me aplaudía y se divertían con lo que hacía.

Es que no lo entiendo, si a mí me han querido más que a ninguno. Cuando nací, mi padre me alzaba en sus brazos, me lanzaba al aire y me cogía de nuevo con orgullo, decía que era su varón, su heredero, el que prolongaría el apellido a diferencia de mi hermana, a quien aupaba con más cuidado y le decía princesita, la reina de la casa, y luego ponía en brazos de mi madre.

Crecí corriendo por el patio, jugando al fútbol y rompiendo algún vidrio o maceta, entonces mi padre me cogía chicotazos, lo normal, para educarme. A veces también pegaba a mi madre, por sus problemas de pareja, también lo habitual, como en todas las casas ¿no?

En el colegio, de pequeñito, aprendí que cuando estamos sólo varones nos dicen “los niños” y que, cuando aparece una mujer, seguimos siendo “los niños”; mientras que cuando están sólo ellas son “las niñas” y que basta que uno de nosotros esté allí para que vuelva a ser “los niños”, qué chistoso ¿no? Es que somos mejores, pues.

“¡Niñitaaa! ¡Mujercitaaa!!”, así les decíamos a algunos en el colegio, para insultarles. Éramos pequeños. Más gradecitos les gritábamos: “¡Maricón!”, es que peor que ser mujer es ser marica. Es contra natura ¿no ve?
Luego, al volver a casa, cuando se me presentaba la oportunidad, al pasar le metía mano a alguna chica, era divertido, es una práctica que me quedó desde entonces. Es que, algunas, eso quieren, si no para qué provocan. A veces lo hacíamos en grupo, nos la pasábamos muy bien, luego ella no denunciaba, le daría vergüenza seguramente por ser tan cochina.

Es que las mujeres que no se hacen respetar nunca me han gustado. Sé que ya no está de moda, pero las prefiero puras, como debe ser una mujer para un hombre. Los hombres somos distintos, tenemos nuestras necesidades y por eso tenemos ese derecho, el de tener más experiencia.

Siempre he respetado a las mujeres, cuando se portan bien, y siempre he sido gracioso con ellas. Sí, siempre todos mis amigos y compañeros me han reído mis gracias con las mujeres, por ejemplo: si por la calle va pasando alguna, yo le digo algo bonito sobre su belleza, para que le guste, y a veces lo hago con un poco más de picardía y entonces todos se ríen, si hay oportunidad la toco también, je, je, je.

En las fiestas de carnaval me la paso lindo, bien bonito es. Me gusta participar cuando se cantan coplas, allí me esmero y me inspiro en mis amigas y compañeras de trabajo, las hago poner coloradas siempre. Luego, con los tragos, otra es la cuestión, ya es más en serio, quiero decir que las palabras voy a los hechos, ja, ja, ja, especialmente si es ella la que ha bebido. Sí, en carnavales nunca falla.

Bueno, con los años me casé. No me fue bien. Ella siempre me reclamaba, me pedía cosas, que trabaje y atienda un poco a los hijos, una vez me dijo que lavara los platos y de un manazo le saqué un diente. Así se tranquilizó un poco, luego comenzó con otras zonceras, que llegue temprano a casa, que por qué tengo que hacer viernes de soltero o ir de putas, esa vez le di duro ¡Porque soy hombre pues! ¿Tan difícil es de entender?

Las mujeres así son, muy fregadas, hasta quieren ganar igual que uno, que hacen el mismo trabajo dicen, a ver, ¿cómo van a hacer lo mismo, si son mujeres? Gracias deberían dar por dejarlas trabajar, aunque creo que su lugar está en la casa.

Hay que sentarles la mano. Eso lo aprendí de joven, una vez una chica me dijo que estaba embarazada, era la segunda vez, y quería dinero para “hacérselo curar”, yo le di un par ¿o sería más? de sopapos y entonces me dijo que no, que no estaba embarazada. La mañuda luego se ocultaba de mí, yo la seguí un tiempo y cuando la pillaba la volvía a escarmentar o la hacía asustar, era para que aprenda.

Es que las mujeres son más burras que nosotros, así no más es. Eso le decía yo a mi mujer, ¡burra!, ¡zonza!, ¡imbécil! y igualito seguía. Era tan bruta que quería que ponga el terreno que tengo también a su nombre, como si ella lo pagara, para eso sí que son vivas. Luego me vino con que se quería divorciar y me sulfuré tanto que se me fue la mano, allí se quedó. Ha sido su culpa, ¿cómo me dice que me va a dejar?

Ahora me veo en estas circunstancias, como si fuera mi responsabilidad. Les he contado todo para que vean que soy una víctima, yo he actuado como cualquier hombre haría. A ver, reconozcan pues, seguro que han hecho algo parecido en su vida. Lo último que ha pasado ha sido culpa de ella, acepto que se me ha ido la mano o sea que fue un accidente ¿No ve?

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PARLAMENTARIAS PARITARIAS

Drina Ergueta

Cómo será ¿no? el día a día de nuestras parlamentarias plurinacionales y paritarias. Allí, en medio de esos espacios cargados de historia, donde estuvieron tantos y tantos “padres de la Patria” y donde ahora a ellas les corresponde ser las “madres”. Dentro de poco muchas lo averiguarán, algunas repetirán la experiencia. Nosotros ahora lo podemos imaginar.

Se ha cumplido la paridad, representación igualitaria en número entre hombres y mujeres que ha sido establecida por ley. En la próxima legislatura habrá 82 mujeres parlamentarias, de las cuales 66 son diputadas y 16 senadoras. Con eso, Bolivia es el tercer país, a nivel mundial, con mayor representatividad femenina en el segundo poder del Estado.

Es un logro, que haya esa representatividad es un logro indiscutible, siempre que se cumpla la función para la que fueron elegidas por voluntad popular y por lo que se demandó y logró dicha paridad.

Para visualizar cómo se lleva a cabo eso de cumplir con la población que vota, está bien comenzar por el día a día, por las cosas rutinarias y cotidianas que las parlamentarias pueden vivir porque, como a todas las personas, éstas condicionan sus actividades, en ese caso como legisladoras.

El primer día que asuman como congresistas seguramente les sonará temprano el despertador, se afanarán por ir bien presentables, estrenarán traje, vestido, pollera, manta, sombrero o tipoi, lo que corresponda para dar la imagen que merece la ocasión, las joyas no faltarán y el perfume detrás las orejas, tampoco.  Las que repiten curul entrarán taconeando con paso firme, las que se estrenan dudarán hasta de cómo sentarse y de qué hacer para votar.

Los varones también se acicalarán lo mejor que puedan y los nuevos representantes también tendrán sus dudas. Imagino que algunos no perderán el tiempo, en algún momento se colocarán en un lugar estratégico para ver y valorar la carne nueva y medir sus propias posibilidades. Tal vez se junten unos pocos y hagan comentarios sexistas referidos a la vestimenta de las colegas, a lo que hay debajo de la vestimenta, quiero decir.

Algo parecido harán algunos periodistas, con gracia y entre risa y risa irán comentando entre ellos, obviamente con doble sentido. De los parlamentarios dirán principalmente cosas referidas a su actividad política, sus transfugios y corruptelas; en tanto que de las parlamentarias las opiniones tendrán que ver con su físico. No me refiero a la profesionalidad periodística de algunos, sino a esos momentos entre una y otra entrevista en la que son personas con una mentalidad machista de la que no son ni siquiera conscientes.

Aclaro que estoy imaginando, aunque algunas certezas tengo, como que el Parlamento, como todos donde está el poder, es un espacio masculino y que eso se nota.

Seguimos con la ficción: en el día a día, en lo cotidiano de la labor parlamentaria surgirán otras situaciones. A más de una parlamentaria le pasará que sea reemplazada por su suplente varón, por variados argumentos. En tanto que las que queden serán, en su mayoría, totalmente anuladas, pocas veces participarán y esto luego de haber sido ignoradas o ninguneadas por ser mujeres.

En las comisiones, las relegarán a temas “sociales” (salud, educación, género, etc.), considerados ligeros, mientras que ellos estarán en los asuntos de peso político y económico. En las reuniones no tendrán muchas posibilidades de hablar si no elevan mucho la voz y reclaman atención, y habrá alguno que les diga cosas así como: “¡A mí, ninguna mujer me dirá lo que tengo que hacer!”.

En general, todas seguirán al pie de la letra lo que mande el partido, dirigido por varones, lejos de si es conveniente o no para las mujeres. Alguna se planteará que se unan todas y hagan frente común para temas de género, pocas se apuntarán.

El hecho de ser elegidas por “paridad de género” les pesará, sentirán hasta cierta culpa y les generará inseguridad. Desde muchos espacios percibirán que se piensa que no se ganaron el curul, que no se lo merecen y habrá más de uno que ese argumento se lo lanzará a la cara. Esta situación puede hundir a unas y hacer que otras busquen sobresalir así sea a codazos.

Como en todas las profesiones o actividades, las mujeres deben demostrar el doble: que saben y que pueden. Deben hacerlo a nivel profesional y también en lo que se considera la medida de los hombres, por eso se valoran actitudes masculinas en ellas, como el carácter, la valentía, el ser rudas y agresivas.

En todos los espacios existe una especie de complicidad masculina que es transversal, que recorre desde el funcionario de menor rango hasta la máxima autoridad, donde, respecto a las mujeres, hay como un acuerdo de unidad que señala que ese terreno es de hombres y que deben defenderlo, allí ellos tienen la ventaja, son los que saben y pueden, los que manejan la situación, y que si allí entran las mujeres es porque ellos se lo permiten o porque están obligados.

No todos los varones entran en este saco, es cierto, pero una buena parte están acostumbrados a que las mujeres estén por razones “decorativas” y satisfacción personal o porque consideran que alguna ha logrado ganarse el espacio al igualarse a un varón.

Hasta aquí la ficción y los parecidos a la realidad son casualidad. Sé que más de una está identificada y que a más de uno le ha incomodado.

La manera de cambiar estas realidades patriarcales, de disminuir, por ejemplo, las 3.000 denuncias de violencia presentadas en lo que va del año, es modificar actitudes machistas y para eso hay que ser conscientes de que existen y de que están en todos los niveles y espacios, en asuntos trascendentes y en momentos habituales del día a día.

La violencia física comienza y está sustentada por la permanente y constante violencia simbólica, por esas microviolencias invisibles (bromas y menosprecios) que son aceptadas, y que las viven las mujeres, todas, desde la más pobre y desconocida hasta una “madre de la Patria”. Por eso es importante visibilizarlas, aunque sea imaginándolas, para cambiarlas.

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"PULIDA" Y CÓMPLICE, PALABRA DE EVO

Drina Ergueta

Cuando el presidente Evo Morales hace afirmaciones que reflejan, indudablemente, el pensamiento de al menos una parte de la sociedad, esta forma de pensar se reafirma y hasta se confirma, si alguien duda, porque el liderazgo tiene ese poder, el de conceder razón y establecer verdades. El problema está cuando lo que hace es culpabilizar a la víctima.

“No soy experto”, “no entiendo”, “tal vez estoy hablando mal”, dice el Presidente en un discurso, en el que afirma rotundamente que la mujer también es la que “socapa” a su agresor, la que es “cómplice” y carente de valentía porque no denuncia al hombre que la está “puliendo”.

Luego de eso, aplauso general. No me invento, así dice la transcripción oficial del discurso que dio Morales hace unas semanas, cuando fue presentada la reglamentación de la Ley 348, contra la violencia hacia la mujer.

En su discurso, el Presidente cuenta historias, no dudo de ellas porque ninguna es fantasiosa y porque todas las personas las hemos escuchado antes o presenciado o vivido. Habla de experiencias en las que las mujeres terminan protegiendo a sus maridos que las golpean cuando alguien se presta a ayudarlas; de mujeres que dicen que no dejan a su hombre mujeriego por sus hijos y dependencia económica; de hombres con tres mujeres que golpean a la pareja oficial o a “la chola” porque le fueron infieles.

Evo Morales refleja lo que se dice en algunos sectores en la calle y se expresa con palabras del pueblo y en términos del vulgo que pueden que a algunas personas les ericen los vellos porque no corresponden a su alto cargo. Es posible que el Presidente quiera mostrarse así, sencillo en sus palabras, como siempre ha sido; aunque, por otra parte, se preocupa por ir vestido de forma más sofisticada. Pero mejor no me distraigo con otros asuntos.

Hablaba de frases que muchas personas las dicen en lo cotidiano y, para que se me entienda, las voy a comparar con otras situaciones.

Son frases similares a algunas de no hace muchos años, que eran algo así: “Estos indios sólo entienden a patadas”, “este yuqalla atrevido me molesta, ¿acaso me ha visto con pollera?”, “este país está tan mal por culpa de estos indios ignorantes y hediondos”, “la mayoría se ha ‘estrenado’ en un prostíbulo o con la sirvienta, estas cholas qué más no quieren”…

En los últimos diez años hubo cambios importantes. En los aviones y aeropuertos, en los cajeros y ventanillas de bancos, en los restaurantes finos, en los colegios y universidades caros, en los barrios “jailones”, en empresas y en directivas de cámaras empresariales, en las oficinas públicas, en los ministerios y en la silla presidencial, que eran de los blancos, ahora hay indígenas y gente empoderada en su cholerío. Ya era hora.

Antes el indígena aguantaba, no le quedaba otra, o de vez en cuando protestaba. Hoy esas frases ya no se dicen en voz alta y ante testigos de riesgo, hoy se sabe que el indígena tiene una estructura estatal que le respalda, se hicieron leyes y se aplicaron una serie de medidas para reducir el racismo y dar espacio a una población mayoritaria ajena en su tierra.

El indígena no era cómplice ni socapaba al blanco, era un pueblo sojuzgado por un sistema construido y mantenido para el beneficio de unos pocos por su condición racial. La raza y la clase social iban unidas, ahora hay indígenas en posiciones sociales altas y hay blancos venidos a menos.

Ahora los indios pueden defenderse porque tienen a un Estado que les respalda, no pasa lo mismo con las mujeres, para ellas las revoluciones no llegan porque de los cambios sociales hasta ahora se beneficia sólo un género, la estructura sigue siendo masculina.

Cuando una mujer sale en defensa de su marido cuando él la está golpeando y otra persona se ofrece a ayudarla, lo hace porque sabe que esa ayuda durará diez minutos y luego se quedará otra vez sola y con el marido más agresivo, que si llega la policía probablemente no cambiará nada y que también saldrá perdiendo.

Por otra parte, el sufrimiento por violencia machista se produce en un proceso, no es de un día para el otro y no es de agresión constante, sino que se intercala con temporadas de “abuenamiento” que se le llama de “luna de miel”, es la reconciliación luego de llantos, promesas de cambio y perdón. Luego vuelven los golpes, cada vez más violentos, en un ciclo cada vez más corto que puede terminar en feminicidio.

La violencia, además, no se muestra como tal, sino que va disfrazada de castigo aleccionador y de “lo hago por tu bien” y en ese camino de pesadilla que puede durar años la mujer va perdiendo todas sus fortalezas psicológicas, materiales y de relaciones de apoyo. Entonces, salir de ese espacio de agresión no es cuestión de voluntad ni de valentía, esto está estudiado por expertos, aunque tampoco es muy difícil de aprender.

Si una mujer sintiera que tiene toda una estructura social y de administración estatal de respaldo y de rechazo y sanción real a la violencia machista, si no se la culpabilizara constantemente por lo que ocurre, seguramente estaría más confiada, su entorno sería más acogedor y denunciaría. Seguramente, también sería más difícil que el hombre se anime a golpearla.

La mayor parte de la violencia hacia las mujeres está en la sociedad, en las frases, en las creencias, en las acciones a veces imperceptibles pero que dejan una huella más fuerte que un puñete. La violencia está en las instituciones como la familia, la iglesia, la escuela y el Estado que mantienen un sistema que da y asegura privilegios a los hombres. La violencia física es el resultado de todo eso.

El Estado no debe emitir un reglamento para “salvar su responsabilidad”, tiene que asumir su responsabilidad de garantizar la vida digna de las mujeres con un enfoque global que va mucho más allá de dar casas de albergue para las maltratadas.

Por supuesto que la educación que se recibe, en la de la casa y en la escuela, es vital y por eso no debe ser sexista y la calidad de no serlo se establece desde el Estado. Esa educación igualitaria también la transmiten, desde su posición de ejemplo a seguir, las dirigencias y los Padres (no hay madres) de la Patria.

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EL VOTO LLEGA CON SANGRE

Drina Ergueta

A la hora de ir a votar este domingo hay que recordar que en los últimos cinco años han muerto, oficialmente, al menos 500 mujeres por ser mujeres. No sonrían los opositores al actual gobierno, que ven cómo sacarle rédito al dato, las muertas siempre han estado en todas las administraciones, sin tomar en cuenta el color político.

Ir a votar para gran parte de la población es algo normal en la vida, una fiesta de la democracia, se dice.  A lo mucho, se valora el “recuperar” la democracia de las dictaduras, que también costó sangre. Pero no siempre ha sido así, esa participación pública en la vida política, no lo ha sido al menos para la mitad de la población: las mujeres.

Conseguir que la mujer tenga derecho al voto y a ser electa ha sido una lucha de siglos. En el planeta no son ni 100 años desde que a la mujer se le permite votar y en Bolivia desde hace algo más de 60. Con la sangre de hombres y mujeres se logró, luego de la Revolución de 1952, el sufragio universal boliviano que le daba derecho al voto a la mujer y también al indígena campesino. Para algunos, cuenta sólo lo de ser indígena campesino.

El voto masculino es resultado de las revoluciones burguesas, tanto la Francesa como la Inglesa, también el proceso en Norte Americana, donde las mujeres fueron activas participantes y allí exigieron su derecho al voto, entre otras demandas,  pero fueron excluidas. En 1793, en Francia, sus principales voces fueron calladas, organizaciones femeninas destruidas y Olimpia de Gouges guillotinada.

Más tarde, en 1913, en Inglaterra, Emily Wilding fue arrollada por el caballo del rey cuando ella intentaba hacerse oír para reclamar el voto para las mujeres. Eran los años del movimiento sufragista femenino europeo, eran las feministas consideradas locas de entonces y por esa época, nuestra Adela Zamudio, muy al día y desde Cochabamba, decía “Una mujer superior, en elecciones no vota, y vota el pillo peor (permitidme que me asombre). Con tal que aprenda a firmar, puede votar un idiota ¡Porque es hombre!”. 

El haber logrado el derecho al voto para las mujeres es parte del proceso de conquista de espacios y de derechos y aún falta mucho. Parte de la solución, se dijo, es que las mujeres ocupen, por lo menos, una representación que equivalga a la población femenina, un 50 por ciento.

Algunos datos globales de este año elaborados por ONU Mujeres: el promedio mundial de mujeres parlamentarias alcanza al 21,8%, tomando en cuenta las dos cámaras combinadas, y sólo 11 países cuentan con una participación femenina superior al 40% en la Cámara Baja. Entre 152 países sólo se registran 9 presidentas y entre 193 países se tiene 15 mujeres como primeras ministras.

Con estos datos, Bolivia se encuentra entre los países mejor posicionados en paridad de género,  pero ésta es una representación nominal, figurativa y no real porque los que mandan siguen siendo hombres. Hay parlamentarias florero y hay concejalas municipales asesinadas o amedrentadas.

En América Latina, hay que juntar al continente para llegar a una cifra de dos números, ha habido contadas mujeres presidentas, suman 10. Isabel Martínez de Perón se convirtió en la primera presidenta mujer en el mundo en 1974. Detrás de ella siguieron Lidia Gueiler en Bolivia, Violeta Chamarro en Nicaragua, Janet Rosemberg en Guyana, Rosalía Arteaga por tres días en Ecuador y Mireya Moscoso en Panamá. Es en este siglo que cuatro de ellas llegaron a la presidencia a la vez, Dilma Rouseff en Brasil, Cristina Fernández en Argentina, Michelle Bachelet en Chile y Laura Chinchilla en Costa Rica.

¡Uy, cuántas mujeres! Nada, en este tiempo en sólo en Bolivia hubo casi 70 presidentes varones, frente a una mujer. Sumar los presidentes hombres que hubo en toda Latinoamérica da hasta flojera.

En las actuales elecciones no hay ninguna mujer candidata a la Presidencia; sí hay tres vicepresidenciables mujeres, que están a la sombra de los que compiten y aparecen en todas las fotos en primer plano.

¿Qué tiene que ver los feminicidios con el hecho de votar? Hay que pararse a pensar un poco, ¿qué puede ser peor que la muerte? La muerte por feminicidio es la violencia máxima que sufren las mujeres desde el machismo y ocurre una vez cada tres días en Bolivia.

Es allí, en los datos de feminicio y violencia machista, donde se valorará si hay cambios reales a favor de la igualdad entre géneros y, por lo que se hace, parece que ahora mismo a nadie le importa. Le debería importar a quien se postula a gobernante y también a quien emite el voto, ese voto que ha costado sangre y por el que debería de dejar de haber muertas. 

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Y EL CULPABLE ES… ¡LA VÍCTIMA!

Drina Ergueta

La búsqueda de la desaparecida Pamela Álvarez tuvo la suerte, que suele ir bien agarrada de eso que es tener relaciones sociales, de que muchas personas se volcaron en su búsqueda por calles, redes sociales y medios de comunicación; y su aparición tuvo la desgracia de que, al parecer, quien colaboró en la pesquisa de su paradero pidió respuestas de dónde estuvo y qué pasó.

En las mismas redes sociales que difundían su desaparición, luego había comentarios como: “Y ahora dice que no se acuerda”. Algunos de los artículos más leídos de los diarios en esos días fueron los que reprodujeron las declaraciones del fiscal José Ponce que, refiriéndose a ella, decía: "Se muestra reticente al señalar algunos aspectos del secuestro o trata que habría sufrido. Dice que no recuerda nada”. 

Álvarez desapareció un sábado luego de subirse a un taxi, había llamado a su madre diciéndole que la espere y pague la carrera al taxista. Allí en la puerta se quedó la mujer, con el dinero en la mano y la angustia de la hija que no llega ¡Dios mío, no llega! Cuando alguien querido desaparece sólo puedes imaginar el horror a toda hora.

La encontraron tres días después, la habían dejado en El Alto, en la carretera hacia Copacabana. Una familia humilde la acogió y protegió, no permitió que fuera la Policía quien se la llevará, ojo, sólo la entregaron a su familia.

Se dijo entonces que la presión y movilización social hizo que los secuestradores optaran por dejarla y no llevársela fuera del país. Luego todo se puso en duda porque ella no relató lo ocurrido. “Obstaculizan la investigación y no permiten que se esclarezca”, se quejó el Fiscal.

En algunos países se ha creado protocolos de actuación en sucesos en los que una persona ha sufrido una situación crítica, más si ha sido por un tiempo prolongado. En casos de trata con fines de explotación sexual, en España, por ejemplo, las organizaciones que trabajan contra esta lacra social y para respaldar a las víctimas, han logrado que haya un “periodo de restablecimiento y reflexión” de 30 días, o más, para que la damnificada decida denunciar.

Se entiende que una víctima rescatada no está en condiciones de acusar a nadie, que está vulnerable, temerosa, psíquica y físicamente afectada. 

Aún así, se afirma que las condiciones en que se atiende a una víctima no son las correctas, no existe un personal policial ni judicial calificado o especializado, con la sensibilidad y conocimiento suficiente, ni los espacios donde se prestan declaraciones son los ideales. Prestar declaración delante de un escritorio, en medio de todo, sin resguardo de la intimidad, para explicar los abusos sufridos, no es fácil.

Por otra parte, en casos de mujeres prostituidas y sometidas a amenazas, contra ellas o sus familias, la confianza en las autoridades es vital para que denuncien. No siempre es así y además, muchas veces, en ese trato son criminalizadas y culpabilizadas.

En una sociedad machista, la víctima también toma en cuenta el qué dirán. La mujer suele ser culpabilizada por “provocar”, “no hacerse respetar” o “vestir de esa manera”; en cambio, el varón siempre es justificado: “es hombre”, se dice y con eso ya está dicho todo porque “no puede contenerse”, “es natural en ellos” o “es temperamental”.  Si la mujer estaba bebida, tiene mayor culpa; si el hombre era el borracho, tiene menos responsabilidad, ¿pero qué lógica es esa?

No se sabe qué pasó con Pamela Álvarez y tenemos, lo sabemos, una Policía que no es la ideal, sin recursos y con un historial de casos de corrupción conocidos. Tanto es así que el “sentido común” de la familia alteña que la encontró hizo que sólo permitiera que la joven sea recogida por sus parientes.

La amenaza y el consiguiente miedo son previsibles en un caso de secuestro o trata. Frente a un sistema de justicia conocido como deficiente, una víctima puede no sentirse segura y sospechar que su caso no tendrá un final resarcitorio. 

En suma, la víctima tiene todas las de perder y seguramente tiene derecho a resguardarse.

Por otra parte, al parecer, la única basa que tiene la Fiscalía para seguir la investigación es lo que declare la víctima. ¿No hay más? Ella no colabora, puede que todo sea mentira, se dice y se entiende que no se puede hacer nada. Con el “sentido común” de la familia alteña, alguno puede pensar: mejor, no vaya a ser que buscando se encuentre a quien no conviene.

Como en la puerta están, en montón, los periodistas que preguntan, mientras no haya nada mejor, lo más conveniente, seguramente, es culpabilizar a la víctima.

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