Iglesia

Mauricio Lefébvre, mártir de la liberación

Guillermo Siles Paz, OMI

El martirio para la iglesia es un alto grado de entrega y amor a Dios. Para el Papa Francisco es más contundente aún la presencia de los mártires, porque hace una iglesia más servidora y comprometida.  El Papa Francisco dijo en Santa Marta, refiriéndose a los mártires, “"Una Iglesia sin mártires produce desconfianza; una Iglesia que no arriesga produce desconfianza; una Iglesia que tiene miedo de anunciar a Jesucristo y de expulsar a los demonios, a los ídolos, al otro señor, que es el dinero, no es la Iglesia de Jesús”.

Cada 21 de agosto recordamos a Mauricio Lefébvre, que vivió unos de los episodios más oscuro y sangriento de la historia boliviana, los cuales fueron protagonizados por el coronel Hugo Banzer Suárez: el golpe de Estado del 21 de agosto de 1971. Hasta hoy no se ha logrado, del todo, reparar esa crueldad y violencia. Que si bien es cierto que la política hizo su pacto, la historia no lo olvida.

Mauricio Lefébvre fue una víctima de ese día. Ciertamente, al conocer su vida logramos encontrar informes que hoy ya no son tan confidenciales. Su asesinato fue parte del conocido “Plan Banzer”, instituido para silenciar a los miembros de la Iglesia que hablaban abiertamente. También responde a esa cruda realidad que vivió toda Latinoamérica entre 1964 y 1978, cuando 41 sacerdotes fueron asesinados (seis como guerrilleros) y 11 “desaparecieron”. Además, unos 485 fueron arrestados, 46 torturados y 253 expulsados de sus países. En Argentina, en 1976, el obispo Enrique Angelelli murió en un accidente automovilístico que posteriormente se descubrió que había sido asesinato. ¿Quién fue Mauricio Lefebvre?

Mauricio Lefebvre nació en Montreal, Canadá, el 6 de agosto de 1922. En 1953 recibió una obediencia para ser misionero en Bolivia, donde fue párroco de Llallagua, en el mismo corazón de los centros mineros del norte de Potosí y justo después de la Revolución Nacional.

Como todos, los misioneros oblatos de María Inmaculada habían sido invitados a trabajar en esta región, para combatir el comunismo y alcoholismo presentes entre los mineros. Sus primeros encuentros con los mineros fueron de acercamiento y construcción de una Iglesia con otros matices, frente a una religión muy costumbrista y, por supuesto, muchas chicherías.

A pocos meses de su estadía quedó muy impactado e interpelado por la realidad boliviana, que en ningún momento había imaginado. Decía a sus amigos en Canadá “que la realidad era para llorar, y ver el estado en que vive la gente, una realidad de pobreza extrema porque vivían en cuartos pequeños y comparten un baño común”. De ahí viene su sensibilidad social, viendo a niños y jóvenes faltos de buena educación; por lo tanto, había la necesidad de mayor compromiso para mejorar sus condiciones de vida. Él sentía la necesidad de hacer un cambio urgente.

Un hecho muy marcado fue el arreglo del templo en Llallagua; esto quedó para toda la vida, inclusive a mí me tocó escuchar los reclamos de la gente. Al refaccionar el templo, el padre Mauricio sacó varios santos y los puso en el depósito. Él decía “que el verdadero templo de Dios está en el corazón del hombre y éste debería de adornarlo con sus virtudes”.  Pero lo más fuerte fue su enfrentamiento con las chicherías. Sobre eso hay muchas historias que contar.

Dejando Llallagua se fue destinado a La Paz y trabajó en la zona obrera de Achachicala. Inmediatamente encontró sintonía en medio de los obreros de las fábricas. Sintió que los obreros se acercaban muy poco a la Iglesia, por lo que consagró buena parte de su trabajo a la formación cristiana de ese gremio laboral.  Motivado por el Movimiento para un Mundo Mejor, se fue a Roma y se formó para dar seguimiento y participar abiertamente en su promoción, al mismo tiempo se especializó en Sociología.

A su retorno a Bolivia, en 1966, estaba clara su sensibilidad social.  En 1968 ingresó a la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) y promovió la carrera de Sociología hasta ser cofundador junto a otros profesionales, en abril de 1970.

Entre los años 67 y 70 impulsó Iglesia y Sociedad en América Latina (ISAL), que reunía a varios sacerdotes, religiosas y también representantes de otras iglesias, principalmente de la iglesia metodista y otros pensadores o personas que no eran de ninguna Iglesia Católica, pero comprometidas con el cambio social a favor de los más necesitados en Bolivia.

En esos años hubo hechos muy fuertes: el primero, la masacre de San Juan; luego, la presencia del Che Guevara, en Vallegrande, y, posteriormente, sus amigos habían muerto en la llamada guerrilla de Teoponte. Lefebvre claramente decía: “Ahora, la opinión personal, debo decir que no tengo una opinión muy definida, yo creo que muchos estamos, más bien, buscando dónde está la verdad, si es o no cierto que ese medio sea el único, el último recurso posible”.  Muere acribillado.

Eran las 17.30 del 21 de agosto de 1971 cuando salió de su casa. Dos horas después lo trajeron de vuelta, muerto, íntegro en su tanto amor a los bolivianos y víctimas de tamaña violencia. Había ido a ayudar a la gente del pueblo. Era la tarde de violencia y resistencia. Banzer Suárez tomó el poder  a “sangre y fuego”. Bolivia toda se estremeció, sobre todo por las numerosas víctimas inocentes de ese golpe de Estado.

Atendiendo a un pedido clamoroso de la Cruz Roja Boliviana, el padre Mauricio fue a socorrer a los  heridos que yacían en la calle. Iba en una camioneta cubierta con la bandera de la Cruz Roja, acompañada de un médico y de una enfermera.

Se acercó hasta los heridos en medio de los disparos y una bala mortal le atravesó el pecho. Cayó de su vehículo y quedó  tirado en la calle... Se desangró. Intentaron socorrerle, pero el fuego de los fusiles y las ametralladoras era constante. Cuando oscureció pudieron retirar su cuerpo, pero ya sin vida. Tenía 49 años, de los cuales, 19 había pasado en Bolivia. Se pudo constatar 32 impactos de bala sobre su camioneta. Esto quiere decir que su heroica muerte no fue  un accidente causado por una bala perdida.

El recuerdo imperecedero de  Mauricio ha de quedar vivo para siempre en la historia de Bolivia, su patria de adopción. Por su vida y por su muerte, por su palabra y su acción, por su pensamiento y por su testimonio se le ha de recordar  siempre como modelo de hombre, de sacerdote, de sociólogo y de revolucionario. 

Está claro que su muerte no fue un simple accidente ni una pura casualidad ni un destino fatal, un martirio. Además, él vivió consecuente con sus principios y su lógica de servir a los sencillos. Tal vez Mauricio tuvo la muerte que él mismo deseó. Murió heroicamente porque supo vivir cada día la heroicidad de darse sin límite en favor de la liberación de las personas. Murió en un acto de servicio porque su vida fue una entrega constante hacia los demás.  Murió en un gesto extraordinario de caridad porque la vivía cada día en los pequeños actos de solidaridad.

Creo que hoy ratificamos nuestro gran deseo de verle a Mauricio, en los altares de los mártires de la iglesia que vive a diario su entrega. Él está junto con otros mártires, como Oscar Romero, Luis Espinal, y Enrique Angelelli. Dieron su vida por servir a los pobres y entregarse por la transformación social, unos insatisfechos frente a las injusticias, hambre y pobreza.

 

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ARZOBISPO DESAPARECIDO DE LOS MEDIOS

Constantino Rojas Burgos

La Arquidiócesis de Cochabamba pareciera que no tiene un arzobispo que se dirija a la feligresía desde la perspectiva del Evangelio, que guíe y oriente sobre los diferentes problemas que son de preocupación de la sociedad civil.

 

Seguramente, el arzobispo Monseñor Oscar Aparicio desarrolla tareas importantes al interior de la organización eclesiástica, coordinando para que las comisiones desarrollen su trabajo en el marco de las exigencias pastorales. No dudamos de su buena relación con las vicarías, parroquias, congregaciones, sacerdotes y religiosas, pero hay una extraña ausencia del Arzobispo en los medios de comunicación social.  La feligresía esperaría que el pastor se haga presente en la vida cotidiana de los cochabambinos.

 

Está claro que la acción pastoral, por tradición, se desarrolla en el templo y la parroquia, pero también su acción debería extenderse a los medios de comunicación social, que ahora, con las tecnologías de información y comunicación, facilitan la tarea de la evangelización a través de medios ágiles y que se encuentran al alcance de los ciudadanos y que podría ser el medio más adecuado para que el Arzobispo diga su palabra a la feligresía.

 

La Iglesia Católica es una de las instituciones que más textos ha escrito sobre el rol de los medios de comunicación: cine, radio, televisión, impresos, redes sociales, internet y es curioso que las líneas de acción expresadas en cada uno de sus documentos no sean aplicados por la jerarquía eclesiástica cochabambina.

 

Dicen que las comparaciones son odiosas, pero es inevitable no referirme a Monseñor Tito Solari. Con un carisma y espíritu de comunicador salesiano, propiciaba diferentes acciones para estar presente en los medios de comunicación: organizaba conferencias de prensa, declaraciones a solicitud de los reporteros, cenas y encuentros con periodistas, declaraciones donde el Arzobispo asumía una posición crítica desde el evangelio.

 

No está de más recordar que luego de su visita pastoral al trópico de Cochabamba, Solari hizo una denuncia a los medios de comunicación señalando que los niños estaban involucrados en la actividad del narcotráfico, hecho que ocasionó que los cocaleros le declaren persona no grata y le inviten a dejar el país seguido de insultos en el intento de presionar para que se retracte y pida disculpas. El tiempo le dio la razón.

 

Cuántas veces Monseñor Solari participó de intermediador en conflictos entre gobierno y cocaleros que bloqueaban las carreteras. Su presencia en la guerra del agua fue fundamental para respaldar el pedido de una movilización popular de los cochabambinos en contra de la privatización del agua.

 

Actualmente, la jerarquía de la Arquidiócesis de Cochabamba no tiene mayor presencia en los medios de comunicación laicos, que están siempre dispuestos a dar cobertura a las acciones que desarrolla el Arzobispo. Lástima que su equipo de comunicación no promueva el cambio de actitud de Monseñor Aparicio, quien parece estar ausente, dejando una especie de vacío de autoridad en su rol orientador y reflexivo sobre los problemas que preocupan a nuestra sociedad.

 

El Arzobispo, desde el magisterio de la Iglesia Católica, está obligado a utilizar sus propios medios de comunicación, pero también, como señala Puebla, usar los medios privados que se constituyen en sus principales aliados. En un contexto en el que la mayoría de la población profesa la fe católica, se esperaría mayor presencia de Monseñor Aparicio en los medios de comunicación local.

 

Ya lo dijo el Papa Juan Pablo II en la XXXV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, “Proclamar desde los tejados: el evangelio en la era de la Comunicación Global”. La Iglesia no puede dejar de estar cada vez más profundamente comprometida con el efervescente mundo de las comunicaciones”.

 

El autor es periodista y docente universitario

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