EL CHE

El Che y los odios

Juan José Toro Montoya

No hay tema en la historia de Bolivia que polarice más que el de la incursión de la guerrilla del Che Guevara.

Ni siquiera temas de fondo, como que la fundación de Bolivia fue el resultado de la maquinación de un grupo de abogados, agita tanto las pasiones como este.

Lo comprobé con el artículo de la anterior semana, en el que intenté mantenerme lo más neutral posible y, a cambio, recibí quejas y reproches. Advertí que en la mayoría de los mensajes me pedían tomar partido; es decir, que me ubique entre los que cuestionan a Guevara, a quien consideran un invasor y asesino, o entre quienes no solo lo defienden sino que lo veneran. En este caso no podía hacer eso. Soy un ser humano y, como tal, subjetivo así que no puedo hablar de objetividad. Tampoco puedo ser imparcial porque, como todos, tengo simpatías y antipatías pero el trabajo periodístico tiene normas elementales y una de ellas es mantenerse en el papel de observador. El periodista cuenta lo que ve, lo que encuentra, lo que le consta. Es un puente entre el hecho y la sociedad. Si toma partido, deja de ser observador y se convierte en parte. Rompe el puente y se vuelve orilla.

Una columna de opinión permite opinar pero yo intento que esta sea, en lo posible, informativa, que no necesariamente significa noticiosa.

Por el tiempo transcurrido —medio siglo— el tema del Che Guevara tira más a la historia que a la noticia pero, a contrapelo de lo que muchos opinan, siempre hay algo nuevo. Lo último que se publicó, por ejemplo, es que el agente de la CIA que coordinó labores con el gobierno boliviano hace cincuenta años, Félix Rodríguez, reveló que Washington quería vivo al Che. No sé cuánto habrá costado la entrevista, porque el exagente suele cobrar a los medios que lo ubican, pero sí sé que esta vez no está mintiendo. Un boliviano, Guido Roberto Peredo Montaño, tuvo acceso a documentos desclasificados de la CIA que confirman la versión de Rodríguez. Todo indica que el gobierno de Estados Unidos sabía que, si se mataba al Che, se lo iba a convertir en un ídolo, en un icono de la revolución que se buscaba destruir, pero el de Barrientos desoyó toda exhortación en ese sentido y prefirió liquidar al famoso guerrillero al que había capturado vivo.   

Ese es un tema importante ya que permite debatir sobre cuestiones de soberanía e injerencia que son claves cuando se habla de una “invasión extranjera”.

Yo estudié la muerte del Che porque recibí el encargo periodístico de encontrar a su asesino, al verdadero, al que le disparó en el cuartucho de la escuelita de La Higuera. Por razones incomprensibles, el presidente Evo Morales endilgó primero ese hecho a Gary Prado Salmón, con el que el gobierno se ensañó judicialmente, y recientemente dijo que el asesino fue Félix Rodríguez. No entiendo cómo es que en el gobierno no existen estudiosos de la historia que le expliquen cómo sucedieron las cosas. Yo encontré al asesino del Che junto a un colega español, Ildefonso Olmedo, y llegué a la conclusión de que el ejecutor, Mario Terán Salazar, no solo actuó por seguir órdenes sino que tuvo razones personales para liquidar a Guevara. Con ese trabajo aprendí un poco más de ese episodio de nuestra historia. Hallé al asesino y escribí sobre eso junto a Ildefonso. Publicamos lo que vimos, escuchamos y encontramos. No opinamos ni tomamos partido.

Escribo sobre la muerte del Che, no sobre la pre y post guerrilla, porque conozco el tema. Escribo como observador, no como acusador ni defensor. No insistan en arrastrarme a sus odios.

  

 

 

 

(*) Juan José Toro es Premio Nacional en Historia del Periodismo.

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El CHE y la ética revolucionaria

Alfredo J. Zaconeta Torrico

50 años transcurrieron del asesinato del Che Guevara. A medio siglo de este hecho, su imagen sigue tan intacta, recibiendo críticas de sus detractores y respaldo de seguidores rescatando su acción y ética revolucionaria, a la cabeza de movilizaciones mundiales contra la globalización capitalista afirmando que “Otro Mundo es Posible”

Quienes aspiramos a instaurar la justicia en la Tierra y a terminar con toda forma de explotación y dominación, creemos que la sociedad se puede lograr otro mundo posible, necesario e imprescindible, frente al reino de la muerte, burocracia, mercado, dominación y explotación que continúa generando hambre y miseria en el planeta.

El Che y su imagen se transformaron en íconos mundiales debido a su rebeldía, cargadas de promesas y sueños que se disputaban entre lo real y lo imposible. El Che rescató el componente ético del socialismo, pero lo hizo desde un ángulo radical y crítico de todo reformismo evolucionista, por eso solía referirse recurrentemente en sus escritos y discursos a Lenin.

A sus críticos y detractores es bueno recordarles el rol que la CIA norteamericana jugó contra el Che. René Barrientos que se hizo del poder el 4 de noviembre de 1964 por medio del golpe de Estado, derrocó a un presidente electo y modificó el régimen político en el plano social y dio continuidad con la política del MNR derivada en represión a mineros y la alianza con los campesinos a través del Pacto Militar – Campesino.  

En 1967 Barrientos tuvo que enfrentar a la guerrilla del Che Guevara. En este objetivo la CIA jugó un papel relevante en el entrenamiento militar y la inteligencia.

Las acciones de la CIA se pusieron en ejecución cuando el 11 de marzo Vicente Rocabado Terrazas (que posteriormente trabajó para los servicios secretos e inteligencia del ejército) y Pastor Barrena Quintana, desertaron de las filas de la guerrilla y se presentaron a la IV División en Camiri y proporcionaron información detallada al ejército boliviano, sobre la presencia del Che en Ñancahuasu.

Barrientos al recibir la información de los desertores, inmediatamente solicitó ayuda a los Estados Unidos y coordinó trabajos de inteligencia con sus pares de Argentina, Brasil, Chile, Perú y Paraguay. Adys Cupull y Froilán González en su libro: La CIA contra el Che, aseveran que en marzo  de 1967 Milton Buls, agregado militar de los Estados Unidos en Bolivia, el jefe de la estación CIA John Tilton y el oficial Edward N. Fogler, viajaron a Camiri para interrogar a los desertores Rocabado y Barrena, además al prisionero Salustio Choque Choque.

El 23 de marzo de 1967, se produjo un enfrentamiento entre la guerrilla comandada por el Che y efectivos del ejército boliviano, con resultados catastróficos para los últimos. La derrota del ejército boliviano motivó a que el coronel Milton Buls viaje de forma urgente a Estados Unidos para solicitar ayuda, la que no se dejó esperar, disponiendo de asesores norteamericanos, oficiales de inteligencia y equipamiento con municiones.

Días después, el 27 de marzo de 1967, el teniente Redmond Weber, oficial que comandaba el grupo de las fuerzas especiales de los Estados Unidos, llegó a Santa Cruz, acompañado del mayor Ralph W. Shelton, y día después, llegó un avión norteamericano con 15 instructores expertos en lucha antiguerrilla, experimentados en Vietnam, quienes hubiesen provisto de NAPALM a la Fuerza Área de Bolivia para usarlo en su guerra contra el Che, cómo lo hizo Estados Unidos en su guerra en asía contra las guerrillas comandadas por Ho Chi Minh.

La CIA ocultó la presencia del Che en Bolivia, hasta crear las condiciones para enfrentar el revés que sufrió su aparto de espionaje el ingreso del Che sin que fuese detectado.

Adys Cupull y Froilán González en su libro detallan, que la estación CIA en La Paz, fue reforzada con Charles Langalis, Robert Stevens, William Culleghan, Hugo Murray, William Water, John Mills, Burdell Merrel, John H. Corr, Stanley Shepard entre otros. En el consulado de los Estados Unidos en Cochabamba Thomas Dickson, Thimothy Towell y Jonhn Maisto.

Dentro de los agentes de la CIA enviados a Camiri figura George Andrew Roth, que se hizo pasar por periodista free lance para medios extranjeros. La principal misión de este agente fue llegar donde se encontraban los guerrilleros, misión que cumplió argumentando que era fotógrafo profesional, que aprovecho para esparcir una sustancia química a las pertenencias de los guerrilleros para que posteriormente fueran rastreados por los perros entrenados por la CIA norteamericana

El 24 de abril de 1967 se incorporaron a las tareas de persecución al Che los norteamericanos Theodoro Kirsch junto Josep Keller. En mayo se sumaron el coronel Joseph Price y James Evett.

Paralelamente a este grupo, volvía al país el mayor Ralph W. Shelton, junto a su ayudante, el capitán Michel Lerov, para dirigir la escuela de Boinas Verdes, con técnicas utilizadas por los norteamericanos en Vietnam. También arribaron a Bolivia los capitanes Edmond Fricke y William Trimble.

A esta larga lista deben sumarse muchos nombres de felones, agentes cubano norteamericanos como Félix Rodríguez, Eduardo Gonzales y Margarito Cruz.

A este aparato debe sumarse a las múltiples traiciones que sufrió el Che en Bolivia, las más cuestionada la de Mario Monje Molina, que pese a comprometer el 31 de diciembre de 1966, la participación del Partido Comunista de Bolivia en la guerrilla, este no cumplió su palabra, primero dando el apoyo orgánico y político a la causa del Che, como tampoco el de adherirse como guerrillero a las filas del ELN.

Este desdichado episodio es retratado por el mismo Che en su diario de campaña como: "vacilante y acomodaticia y (que) preservaba el nombre histórico de quiénes debían ser condenados por su posición claudicante. El tiempo me daría la razón", y así lo hizo.

Monje por el remordimiento de su traición, renunció a la jefatura del PCB en 1968 y huyó de Bolivia.

La obra y palabra del Che hoy se ven distorsionadas, y sirve para sacar réditos partidarios para los políticos en función de gobierno. El Che fue un hombre honesto y murió peleando, renunciando a todo privilegio, que muchos “revolucionarios” no están dispuestos a hacerlo y que hoy pelean por permanecer en su zona de confort.

De la carta legada por el Che a sus hijos rescato: “…sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquier parte del mundo”, lo que en el accionar del Che, era la más linda cualidad de un revolucionario.

¡El Che vive, la lucha sigue!

Es periodista

 

Twitter: @alfredozaconeta

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El Che y las mentiras

Juan José Toro Montoya

Ernesto Guevara de la Serna fue asesinado. Esa es la más grande verdad de lo ocurrido en Bolivia el 9 de octubre de 1967.

Los diccionarios jurídicos señalan que, para ser considerado asesinato, un homicidio; es decir, la “muerte causada a una persona por otra”, debe reunir las características de premeditación, saña y alevosía.

La muerte del Che fue premeditada porque se trataba de un enemigo a eliminar. La CIA, cuya participación en todo este episodio está más que probada, fue la que dio la orden y lo que hizo el gobierno boliviano fue simplemente ejecutarla.

Hubo saña porque fue ultimado a sangre fría, cuando estaba herido y desarmado en el cuartucho de la humilde escuelita de La Higuera donde lo encerraron tras capturarlo, un día antes, en la quebrada del Churo.

Y hubo alevosía porque se procedió con “cautela para asegurar la comisión de un delito contra las personas, sin riesgo para el delincuente”. Fue una ejecución sumaria, sin juicio alguno. El asesinato se produjo fuera de la vista de todo el mundo. El asesino, Mario Terán Salazar, fue el único presente. Como Guevara estaba herido y desarmado, pudo liquidarlo con un balazo en la cabeza pero hizo más de un disparo con su carabina M2. Después, el ejército boliviano desarrolló toda una estrategia para ocultar lo que había ocurrido ese día.

Asesinato a sangre fría…

Todo lo demás que gira en torno a la fecha es material para debates cuya resolución tomaría días.

Se dice, por ejemplo, que la incursión del Che en Bolivia fue una invasión extranjera. Unos opinarán que una invasión es “irrumpir, entrar por la fuerza”, los juristas señalarán que es “la penetración bélica de las fuerzas armadas de un país en el territorio de otro” mientras que los militaristas recordarán que una acción de esa naturaleza es una “operación bélica a gran escala destinada a la conquista de un territorio”. Otros responderán que Guevara no ingresó por la fuerza sino que se infiltró, igual que la mayoría de sus dirigidos que, finalmente, solo resultaron un grupo reducido que, cuanto más, apenas podía considerarse una facción o guerrilla, “pequeña partida de fuerzas”, “partida de tropa ligera, que hace las descubiertas y rompe las primeras escaramuzas” o “formación en orden disperso de pequeños elementos armados”.

Lo que iba a pasar con esa guerrilla es otra cosa. Habrá que recordar que el Che esperaba ser reforzado por los mineros, que entonces eran considerados la vanguardia del proletariado boliviano, pero el gobierno de Barrientos, que operaba bajo instrucciones de la CIA, fue oportunamente alertado de que el respaldo a Guevara iba a considerarse en un ampliado a realizarse en Llallagua el 24 y 25 de junio de ese año. Debido a ello envió tropas a esa ciudad minera y desató la masacre de San Juan.

Se habla, también, de soberanía ultrajada pero nadie recuerda que algunas de las tropas bolivianas enviadas a Ñancahuazú fueron previamente adiestradas por soldados estadounidenses como el mayor Ralph Shelton, los capitanes Fricke y Walender además de 12 sargentos, todos excombatientes de Indochina y Centroamérica.

Se habla mucho pero se informa poco porque no muchos estudiaron lo suficiente ese capítulo de la historia de Bolivia.

Incluso el presidente Evo Morales dijo que el asesino del Che fue el general Gary Prado cuando, en realidad, quien lo mató fue el entonces sargento Mario Terán Salazar.

Junto al colega español Ildefonso Olmedo, yo encontré a Terán en 2014 y se lo ofrecí en bandeja al Ministerio Público. Nadie hizo nada. Pero ahora le van a rendir homenajes.

 

  

 

 

 

(*) Juan José Toro es Premio Nacional en Historia del Periodismo.

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Internacional
Las circunstancias en torno a la muerte del Che y los combatientes de la guerrilla en tierras bolivianas, en octubre de 1967, es de los temas que han preocupado, y ocupado, a estos acuciosos investigadores, quienes han publicado títulos como La CIA contra el Che (1992).