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El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, intentó persuadir este martes al Congreso de Estados Unidos para que torpedee las negociaciones de la Administración Obama con Irán. En un discurso ante los legisladores, Netanyahu dijo que el acuerdo sobre el programa nuclear iraní dejará en pie la infraestructura de este país para fabricar una bomba y colocará a Israel, Oriente Próximo y el mundo bajo la amenaza de una “pesadilla nuclear”.
“Es un mal acuerdo. Es un muy mal acuerdo”, dijo Netanyahu en el Capitolio, el mismo día en que el secretario de Estado de EE UU, John Kerry, negociaba en Montreux (Suiza) con su homólogo iraní, Javad Zarif.
El primer ministro israelí vaticinó que, si los planes de Obama prosperan, el mundo afrontará en unos años “un Irán más peligroso, un Oriente Próximo lleno de bombas nucleares, y una cuenta atrás hacia una pesadilla nuclear potencial”.
No es inusual que un líder extranjero se dirija al Congreso, pero sí que lo haga en las circunstancias de Netanyahu: a dos semanas de las elecciones en Israel, invitado por el líder republicano del Congreso a espaldas de la Casa Blanca, y con el objetivo declarado de socavar la autoridad del presidente de EE UU, su aliado más estrecho.
Obama ha rechazado reunirse con Netanyahu durante su visita a Washington. El vicepresidente Joe Biden, que por su cargo es presidente del Senado, se encuentra de viaje a Centroamérica. Más de 50 congresistas demócratas se ausentaron de la cámara en protesta.
El argumento de Netanyahu es que, aunque el acuerdo que negocian EE UU y las cinco potencias de la ONU (más Alemania) congelase el programa nuclear, a Irán le bastaría un año o menos para reactivarlo. El primer ministro cuestiona la eficacia de los inspectores. Y afirma que este tendría una vigencia de una década y entonces podría fabricar la bomba.
“Es por esto que es un acuerdo tan malo. No bloquea el camino de Irán hacia la bomba: allana el camino para que Irán consiga la bomba. ¿Por qué alguien querría este acuerdo?”, dijo. Obama ha invertido en el acuerdo parte de su capital político. No se trata sólo del programa nuclear: el éxito de la negociación permitiría el deshielo con Irán, enemigo de más de tres décadas, y reconfiguraría los equilibrios en Oriente Próximo.
El presidente ofrece levantar las sanciones que ahora pesan sobre el régimen iraní a cambio de concesiones. Entre ellas, un periodo de un año: el tiempo necesario para que Irán lograse la bomba en caso de que decidiese romper lo pactado; el acceso de inspectores; y la vigencia del acuerdo de 10 años como mínimo. La fecha límite para llegar a un acuerdo marco es el 31 de marzo.
Ante el Congreso, Netanyahu dijo que su alternativa al acuerdo de Obama no es la guerra sino un acuerdo mejor. No lo concretó. Pero dijo que la comunidad internacional debe exigir, antes de negociar con los iraníes, que estos dejen de agredir a sus vecinos, fomentar el terrorismo internacional y amenazar la existencia de Israel.
“El primer ministro no ha ofrecido alternativas viables”, dijo Obama. Ni las sanciones actuales ni una posible guerra evitarán que Irán se arme, añadió.
El Congreso podría desbaratar los planes de Obama aprobando nuevas sanciones contra Irán. Pese al desplante de un grupo de demócratas, Netanyahu recibió una acogida cálida, digna de un discurso sobre el estado de la Unión. Con su inglés impecable y su habilidad para agasajar a los congresistas, parecía un presidente de EE UU, o mejor, un jefe de la oposición.
El discurso de Netanyahu, unido a la reacción hostil de Obama, tensa las relaciones bilaterales y divide a demócratas y republicanos, habitualmente unidos en el apoyo a Israel. Para los seguidores de Netanyahu, el discurso tuvo ecos churchillianos: el de un líder que avisa de los peligros del apaciguamiento. Para sus detractores, fue el discurso de un oportunista que ha inyectado el electoralismo en una alianza duradera y en un asunto grave como es la negociación con Irán.
Existen antecedentes de un primer ministro israelí buscando alianzas en el Congreso contra la Casa Blanca. El demócrata Obama podría citar a otro presidente, el republicano Ronald Reagan. Cuando en los años ochenta Menajem Begin, intentó torpedear la venta de aviones AWACS a Arabia Saudí, Reagan dijo: “No corresponde a otras naciones hacer la política exterior americana”. (EL PAÍS)
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